Las nuevas plumas del emperador

Pingüinos en la AntártidaEl documental ganador del Oscar llegará mañana a la cartelera local.

El destino de Luc Jacquet está ligado desde siempre al frío, al hielo, a la aventura y al contacto cercano con la naturaleza en estado puro. Oriundo de la región montañosa del Jura, en el este de Francia, y precoz esquiador -aprendió a los tres años-, Jacquet estudió biología, investigó el conocimiento animal y pensó en un futuro como científico después de obtener una maestría en la Universidad de Lyon. Lo que nunca imaginó es que llegaría mucho más lejos y alcanzaría sus mayores metas con una cámara al hombro y el reconocimiento mundial como artífice de un documental sorprendente.

El flamante integrante de la familia, protegido por sus padres. Foto: Alfa Films "Todo esto me llegó por casualidad y comenzó con un aviso clasificado en el que buscaban a un biólogo dispuesto a correr riesgos y pasar 14 meses en el fin del mundo. El trabajo consistía en filmar determinadas escenas del comportamiento de algunas especies, pero yo jamás había manejado una cámara en toda mi vida", relata Jacquet. Entrenado a las apuradas durante apenas 10 días para aprender los rudimentos de cómo filmar con una cámara de 35 mm, el hombre se instaló durante 13 meses en la estación Dumont D´Urville, una de las bases del territorio antártico perteneciente a Francia. A 800 metros de ese lugar conocido como Térre Adèle se encontraba una colonia en la que cada año convergían los pingüinos emperadores para repetir el ciclo reproductivo. Allí comenzó, cuando Jacquet tenía 24 años y descubrió por primera vez todo ese mundo, la historia de uno de los documentales más premiados de los últimos tiempos.

"La marcha de los pingüinos", cuyo estreno local anuncia Alfa Films para mañana, se rodó a un costo de alrededor de ocho millones de dólares y lleva recaudados más de 122 millones en los cines de todo el mundo. Con los casi 78 millones obtenidos en la taquilla norteamericana -país que hizo de esta producción un verdadero fenómeno de interés masivo- quedó sólo detrás de "Fahrenheit 9/11", de Michael Moore, en la lista de documentales con mayor cantidad de público en su paso por los cines y el Oscar 2006 ganado como mejor largometraje en su género no hizo más que legitimar lo que todos imaginaban.

El premio dorado de la Academia de Hollywood -que el realizador y el productor Yves Darondeau recibieron como si fueran titiriteros, con muñecos con forma de pingüinos en sus manos- resultó el más difundido de todos los reconocimientos a una complicadísima tarea de producción. En circunstancias climáticas difíciles de concebir, Jacquet concretó un sueño que tenía en su cabeza desde hace cuatro años, momento en que dejó casi terminado el boceto argumental de su idea. "Tenía todo en mi cabeza. Sabía todo lo qué pasaría, dónde y con quiénes. Pero lo único que no podía predecir era cómo se comportarían los actores en el escenario. No nos olvidemos que esto es la Antártida y los protagonistas son animales", explica el realizador en una entrevista acercada a LA NACION por la distribuidora local del film.

"La marcha de los pingüinos" es la crónica de un hecho para muchos incomprensible, pero que se repite invariable desde hace miles de años por mandato de la naturaleza: la larga marcha (aunque, en rigor, hay que usar este término en plural) de los pingüinos emperadores desde su hábitat junto al mar hacia el lugar helado y sólido en el que se reproducen y tienen sus crías, que permanecen empolladas y custodiadas por los machos mientras las hembras regresan al lugar de origen, acumulan alimentos y luego vuelven a caminar para que puedan recibirlos quienes acaban de salir del cascarón. El proceso es arduo y peligroso por la crudeza del entorno y de otras amenazas, y en algunas temporadas, según Jacquet, más del 80 por ciento de las crías no logra sobrevivir.

"Son seres que viven al extremo porque no hay vida más allá de ellos. El pingüino emperador es el centinela de este gran desierto blanco, el último elemento viviente en los confines del planeta siempre y cuando reconozcamos que se trata del mismo planeta en el que vivimos, porque allí estamos en el límite entre la realidad y la fantasía", explica el realizador.

Jacquet y su equipo permanecieron un año entero siguiendo a los pingüinos y sólo pudieron acceder a las imágenes registradas durante todo ese tiempo después, una vez que el rodaje concluyó y comenzó la tarea de seleccionar y montar las 120 horas de filmación registradas bajo condiciones extremas. "Sólo quien haya vivido experiencias del tipo de congelarse filmando con vientos de 162 kilómetros por hora o caminar seis horas para hacer tres kilómetros por la nula visibilidad podría entender cómo resultaron las cosas. Esa experiencia única nos permitió crear imágenes surrealistas a partir de la realidad", ilustró Jacquet, cuyo propósito declarado fue "conducir al espectador a través de un viaje similar a que un padre o una madre les proponen a sus hijos cuando les relatan cuentos para irse a dormir".

Lo más dificultoso del rodaje estuvo en el modo en que Jacquet y sus compañeros debieron interactuar con los verdaderos protagonistas. "Nunca quisimos perturbar a los pingüinos ni acercarnos a menos que ellos mismos rompieran la distancia que nos marcaban de antemano. En algún momento llegaron a acercarse a las cámaras como si quisieran seducirnos", dice Jacquet casi con admiración, pero igualmente molesto por los riesgos abiertos en otras ocasiones por colegas más arriesgados, pero mucho menos cuidadosos. Y dice, por ejemplo, que culpa de un perro mal controlado, más de una vez muchos de los huevos con las crías de los pingüinos quedaron fuera del alcance de sus padres, abandonados y totalmente desprotegidos.

Pero las complicaciones de un rodaje arduo como pocos resultan minúsculas frente a las perspectivas de un cambio real en las condiciones que a lo largo de los siglos marcaron el funcionamiento de este ciclo natural. "La realidad del calentamiento global -explica Jacquet, ahora más cerca del científico que del cineasta- deja en claro que si el hielo se derrite, los pingüinos podrían caminar menos para ir desde la tierra firme hasta el océano, pero por la misma razón enfrentarían en el futuro un menor acceso a su comida natural. Ellos, como las ballenas o las focas, se alimentan de krill y éste hace lo mismo con las algas que crecen en el agua que está bajo el hielo antártico. Si hay menos hielo, habrá menos krill y menos comida para los pingüinos."

En estos días, Jacquet volvió al trabajo. Filma en Francia, Italia y Rumania "The Child and the Fox", la historia de una niña que trata de domesticar a un zorro y encuentra a lo largo de ese camino un mundo que jamás había imaginado. Casi la pintura autobiográfica de aquel joven francés que creció en la montaña y quiso ser biólogo hasta que en la lejana Antártida descubrió que podía encontrar y seguir otro camino.

Por Marcelo Stiletano

Palabra de pingüino


"La marcha de los pingüinos" se estrenará en la Argentina con una versión doblada a nuestro idioma en la que tres voces de un español neutro narrarán el film como si fueran integrantes de una misma familia de la especie de los emperadores. Así ocurrió en ocasión del estreno en Francia con la participación de Charles Berling, Romane Bohringer y Jules Sitruk como el padre, la madre y la cría, respectivamente. La versión que llegó a los cines norteamericanos y abrió con su éxito en ese país el camino hacia el Oscar, en cambio, se exhibió con una narración más cercana al documental tradicional y la única voz de Morgan Freeman, quien grabó su intervención en una sola jornada.

10/05/06
LA NACIÓN

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