Intimación por el Riachuelo

Desde hace menos de una semana, los varios millones de personas que padecen los efectos largamente nocivos de la secular contaminación del Matanza-Riachuelo o que tienen conciencia del gravísimo riesgo provocado por la subsistencia de esa situación ignominiosa han recibido -por fin- una respuesta concreta por sus razonables inquietudes y preocupaciones.

La irresponsable indolencia de las autoridades se ha visto sacudida por la positiva intervención de la Corte Suprema de Justicia, que ha suscripto la intimación a que en un plazo máximo de treinta días sea elaborado y presentado el plan de saneamiento de la citada cuenca hídrica.


No es poca cosa que el más alto tribunal de la Nación se haya ocupado de esta cuestión en la cual están en juego la salud pública, la calidad de vida y el futuro de una vasta y poblada área formada por una porción ribereña de nuestra ciudad y considerables porciones de territorio de varios municipios bonaerenses. Es probable que la severidad del dictamen emitido por los magistrados impida las demoras, distracciones e indiferencias que desde hace muchísimos años han venido abonando la insidiosa supervivencia de una de las mayores fuentes de contaminación existentes en el país.

Dicen los libros de historia que en épocas remotas era factible bañarse y pescar en el curso fluvial cuyo origen es ubicable allá por los pagos de La Matanza o, para ser más precisos, por Cañuelas, General Las Heras y Marcos Paz. Pero esa bonanza se extinguió a poco de comenzado el siglo XIX, cuando la naciente industria de la salazón de carne vacuna, asentada en sus orillas, empezó a utilizarlo como vaciadero de sus desperdicios.

Ese fue, por cierto, el primer paso que conduciría al Matanza-Riachuelo a convertirse en la cloaca a cielo abierto de hoy en día. Más tarde, lo bordearon otras fábricas, todavía más contaminantes, y en su desembocadura fue instalado el polo petroquímico. Así fue como, a la vista y paciencia de todos, y de los turistas en especial, sus aguas, incoloras e inodoras por definición, se tornaron entre verdosas y amarronadas, espesas, burbujeantes y malolientes.

El resto es harto conocido. El agravamiento paulatino corrió parejo con las promesas incumplidas de gobernantes y funcionarios. La cuenca infectada repartió por sus alrededores malestares y no pocas enfermedades.

Hartos de esperar en vano, vecinos de Dock Sud, Wilde y Avellaneda iniciaron la demanda contra el Estado nacional, la provincia de Buenos Aires, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y las 44 empresas que, según alegan, serían las responsables de la contaminación. Aun a pesar de que los demandantes no han presentado precisiones o pruebas acerca de la magnitud del impacto ambiental, de más está decir que sus quejas son harto justificadas y tienen el aval de hechos concretos y comprobables a simple vista.

Según la Corte Suprema, aquellos tres niveles institucionales deben presentar, en forma perentoria, el plan integrado de saneamiento de la cuenca íntegra. Las empresas no han salido más aliviadas: en el mismo lapso tendrán que rendir cuentas de sus quehaceres informando cuál es la naturaleza de los líquidos que vuelcan en el río, su volumen y cantidad; cuáles son sus residuos de otras clases; si tienen sistemas para tratarlos, y si han contratado seguros acordes con lo dispuesto por la legislación vigente.

Es obvio que, tras más de un siglo de frustraciones, no es cuestión de excederse en el entusiasmo. Este es apenas un primerísimo paso: es la puesta en marcha de complejos y pesados mecanismos que, por lo general, tienden a trabarse con frecuencia. Pero se ha logrado que uno de los poderes constitucionales repare en el daño que están padeciendo millones de seres humanos indefensos y que, en caso de que no se ponga punto final a la contaminación, también habrán de padecer las próximas generaciones. Es lógico, pues, el anhelo de que la Corte Suprema se erija en guardiana de este proceso que apenas se ha iniciado y actúe con toda severidad contra quienes, provengan de donde provinieren, no hagan cuanto fuere necesario para que la cuenca Matanza-Riachuelo sea saneada de una vez por todas y se convierta en el mal recuerdo de una recurrente pesadilla social.

23/06/06
LA NACION

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